Brumosa Escocia

    Para un entusiasta de Latinoamérica como yo, el primer contacto con esas tierras brumosas supuso un choque importante. Las Highlands están a una latitud comparable a Moscú, Olso o Estocolmo. El cielo allí, incluso en verano, carece de la luminosidad que tiene en Madrid o en México. A esto hay que añadirle un efecto inquietante: en verano nunca se hace de noche completamente, pero la luz siempre parece a punto de apagarse: al atardecer el sol queda flotando en la lejanía y a media noche el cielo se cubre de una pátina anaranjada y fantasmal que trastorna el alma. Una vez me desperté a las tres de la mañana, con una luz caliginosa entrando por la ventana. Me levanté tambaleante y corrí la cortina. En el horizonte se perfilaban algunas torres medievales, agujas triangulares, posiblemente góticas; abajo, una calle de periferia, sucia y deprimente. Arriba, un amanecer gris.

    Pensé que mi reloj se había vuelto loco. Bajé a recepción y pregunté alarmado, pero un muchacho soñoliento me dijo que si, que eran las tres de la madrugada. Suele pasarle a los recién llegados. Welcome to Scotland.

    Pocas veces la historia de un país ha estado tan condicionada por las luchas independentistas contra sus vecinos invasores, en este caso los ingleses. En Escocia, desde la época romana, el enemigo del sur ha estado presente como una amenaza latente e imparable. Los pueblos celtas Pictos y Escotos hicieron frente a las legiones romanas hasta que el emperador Adriano decidió construir un muro y dejarse de líos. “Ya no corro el riesgo de caer en las fronteras, golpeado por un hacha caledonia”, decía el hispano en el clásico de Yourcenar.

    A partir de entonces las luchas independentistas protagonizan la historia escocesa. Desde William Wallace, el famoso Braveheart traicionado, torturado y decapitado en Londres, hasta el renacimiento, un periodo en el que la Escocia católica se enfrenta con la protestante presbiteriana, apoyada, como no, por Inglaterra. Fueron siglos portentosos para Escocia, siglos en los que Edimburgo aún podía echar un pulso a Londres. Pero el pulso terminó con la tragedia de María Estuardo. La reina escocesa, sensual, afrancesada y católica, fue decapitada por su prima Isabel, la reina virgen de Inglaterra, heredera de la mejor telenovela renacentista: la protagonizada por el golfo de Enrique VIII y la irresistible Ana Bolena.

    El renacimiento del nacionalismo escocés, la llamada tartanería, la lengua gaélica, el folclore de las montañas y la moda del Kilt (la mal llamada falda escocesa), regresa empacada y con lazo en el siglo de las arengas patrias: el XIX. Walter Scott retrata al héroe escocés rudo y bonachón luchando contra los nobles ingleses atildados y sádicos. Pero la Inglaterra victoriana estaba de vuelta de todo: era el gran imperio mundial y no tenía nada que temer. El Londres de la Revolución Industrial fue la ciudad más admirada de Europa. Incluso los grandes pensadores escoceses se comportaban como londinenses de bombín: den un repaso a los grandes éxitos de escoceses como Conan Doyle y Stevenson (Sherlock Holmes y Jekyll y Hyde). Ambos transcurren en la gran urbe del Támesis. ¿Edimburgo? ¿Qué es eso?

    No es hasta fines de la década de 1980 cuando el sentir independentista escocés resurge con rabia. Y no fue por méritos propios, sino gracias al inestimable apoyo de la dama de hierro inglesa, Margaret Thatcher. Los años de neoliberalismo y crisis económica y moral retratados por Irvine Welsh en Trainspotting reavivaron las ansias separatistas. En los noventa el nacionalismo adquirió un toque épico y hollywoodiense con el estreno de Braveheart, de Mel Gibson. No es broma. La película supuso un auténtico empuje para el independentismo.

    Recuerdo un día especialmente nebuloso en el que nos perdimos en medio de los valles de las Highlands sin señas ni cobertura. El mismísimo conductor me reconoció no tener ni pajolera idea de dónde estábamos. “Necesito parar a mirar el mapa, lo siento”, me dijo en su inglés indescifrable y paró el bus al lado de un mirador. ¿Cómo le explica un guía a los turistas que el bus tiene que parar en medio de la nada porque se ha perdido? Le puede caer una buena metralla de improperios, sin duda. Afortunadamente recordé que nos encontrábamos cerca del puente de Stirling, donde se celebró la famosa batalla de 1297.

    —Señoras y señores. Voy a darles una sorpresita. ¿Alguno de ustedes ha visto la película Braveheart? Guau. ¿Todos?  Vaya, no sabía que era tan popular en Latinoamérica. Bien, pues vamos a hacer una pequeña parada en este precioso valle en el que hace más de setecientos años se libró la famosa batalla de Stirling. Tienen veinte minutos libres para hacer fotos.

    El aplauso rebotó en los cristales del bus. La gente entusiasmada se apiñaba para hacer fotos y más fotos desde el mirador. Y los cielos nos fueron propicios: la niebla se fue evaporando lentamente descubriendo un maravilloso valle verde rodeado de montañas, el ancho caudal del río Forth y el puente medieval en el que Wallace venció a los ingleses. Aquello tuvo un efecto mágico a la par que místico. Parecía que estaba preparado. Más de un viajero me dijo que había sido el lugar que más le había gustado de todo el viaje.

    Y todo gracias a Mel Gibson.

Javier Molina
Periodista

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