Momentos italianos. La grande belleza

     En la vida del viajero hay misterios insondables. Preguntas sin respuesta que atormentan el alma. Ahí va una de ellas: ¿Por qué en Italia, desde el último rincón perdido en un monte siciliano hasta la última estación de servicio fronteriza, se bebe un café tan delicioso? Compruébenlo ustedes mismos. Qué aroma. Qué sabor. Qué textura. Café denso y oscuro como el petróleo y a la vez cremoso. No falla.

     Ahí va otra pregunta. ¿Por qué saliendo a Francia o a España –países también mediterráneos y gourmets por naturaleza– te dan un líquido acuoso y semitraslúcido? ¿Por qué? ¿Por qué es tan difícil tomar un buen café? ¿Qué pecado hemos cometido para merecer este tormento?

     En realidad la respuesta es obvia: los italianos se gastan más dinero en cafeteras potentes y en café de calidad. A fin de cuentas fueron ellos quienes popularizaron este líquido excitante importado del mundo otomano. Saben que venderían el mismo café con máquinas peores, pero su orgullo les impide no tener el mejor café del mundo. Puede que también se deba a que los mismos camareros y trabajadores italianos se nieguen a beber líquido semitransparente granulento durante toda su jornada laboral. Si funcionaran con esta lógica en el resto de aspectos políticos, sociales y económicos, los italianos serían los reyes de Europa y el fulgor del imperio romano y el renacimiento regresaría a la península en forma de bota.

     Cuando llegué  a Italia, con apenas veinte años, no estaba preparado para degustar el banquete de belleza que aquel país me ofrecía. Aquí uno puede y debe perderse sin rumbo, andando y desandando los callejones y jardines mientras se atiende a una voz interior que piensa, recuerda, concluye y divaga o mira de una forma nueva, nunca antes practicada. Como Geppe Gambardella en La Grande Belleza, flotando en los recuerdos, en la melancolía y en la propia hermosura de los rincones menos esperados, aprovecho cada tarde libre para pasear sin rumbo y perderme por las calles esquinadas de Europa. Puede acabar exhausto de tanto caminar, pero merece la pena. Vagando se aprende mucho de una ciudad, de la gente. Del mundo. O al menos de uno mismo. Y el recuerdo de esos paseos en soledad siempre invita a regresar a este corazón europeo de belleza infinita. Es como una droga. Camino y camino hasta que mis suelas se desintegran en las calzadas milenarias. No hay mejor forma de entender y reconstruir las ruinas y las capas que disfrazan una ciudad en cada esquina. Y tiene su recompensa: vagando sin rumbo uno se topa con momentos de belleza sublime e inesperada.

     Ahí van unos cuantos.

VENECIA

     Hablemos de Venecia. Como todo el mundo sabe, es una isla formada por cientos de pequeños islotes comunicados por canales; uno de los lugares más  extraños y sorprendentes del mundo. Caminar por sus callejones laberinticos entre góndolas y canales del siglo XVII es una experiencia única.

     Venecia no llega a los 60.000 habitantes, pero recibe cada año unos treinta millones de turistas. El 99% de las personas que vemos en la Piazza San Marco y alrededores son turistas. Y mientras los turistas crecen, los venecianos se reducen, los mercados locales desaparecen y son sustituidos por pizzerías y tiendas de souvenirs made in China. ¡Los mismísimos chinos compran souvenirs venecianos made in China!

     Hoy aún quedan las ruinas de lo que algún día fue una ciudad fascinante llena de casanovas mujeriegos y marcopolos que huían a países lejanos y regresaban contando mentiras. Fue la puerta de salida a Asia, o quizás la puerta de entrada del mundo asiático a Europa.

     Siempre es un placer volver a visitarla. Cruzar y descruzar a sus canales, perderse en sus callejones, hacerse el italiano y decir «Chi se ne frega!» (A quién le importa), hartarse de pasta, café y martinis. Sobrecogerse ante su belleza insuperable.

ROMA

     Durante siglos Roma sobrevivió a invasores del norte y del sur, a cartagineses y germanos, a hunos y a godos, a protestantes y a otomanos. Hasta a los españoles sobrevivió. Ni los incendios, ni los saqueos, ni las hordas sedientas de sangre y armadas con cañones pudieron desintegrar sus muros milenarios. Roma pudo con todo y se ganó el apelativo de ciudad eterna.

     Los romanos unificaron el Mediterráneo y crearon una Unión Europea mucho más sólida que la actual. Fueron mundanos, lujuriosos y vividores como pocos. Gracias a este trabajo he recorrido «el imperio» de punta a punta, desde el muro escocés de Adriano hasta la Cartago tunecina, desde Hispania hasta Judea, desde Egipto hasta el Danubio y de Levante a Medio Oriente pasando por la Dalmacia adriática. Y allá donde fui encontré las mismas calzadas, tan sólidas que aún hoy enlazan unas ciudades con otras y siguen las mismas rutas que las actuales autopistas, los grandes foros, los teatros, las termas, los gimnasios, los templos de mármol, las murallas, los coliseos, las esculturas gigantes, las inscripciones y los partenones que hoy siguen coronando nuestras capitales.

     Pero las maravillas italianas trascendieron el imperio romano. En mi opinión los siglos XV, XVI y XVII, coincidentes con el renacimiento y sus consecuencias, fueron tan prodigiosos como los de la antigua Roma. Siempre que vuelvo a Roma me da por rastrear los Caravaggios escondidos en las basílicas y los palacios. Caravaggio nunca deja indiferente. Siempre te golpea. Te provoca y te remueve por dentro. Creo que jamás he experimentado un éxtasis visual similar al que me produjo la Juditta decapitando a Holofernes, en el Palazzo Barbierini.

     La Biblia está llena de historias truculentas, y de mujeres astutas que engañan, traicionan derrotan a los hombres más poderosos. Como Dalila, Salomé o la viuda Juditta retratada por Caravaggio. La judía más bella del barroco. Por más que miro su rostro en tensión no logro adivinar lo que piensa y siente mientras decapita a Holofernes. Sin duda, hay un gesto de disgusto, pero por encima de este se impone el orgullo del deber cumplido. Ha seducido al general babilónico, le ha dejado dormido, desfogado y sin fuerzas para poder matarle y así salvar al pueblo judío ocupado. Es una heroína. Y no dudará en exhibir la cabeza recién arrancada a los suyos. Hasta ahí el relato bíblico. Pero hay mucho más detrás de esto.

     Creo que Juditta también recuerda la noche anterior, la seducción y el amor consecuente. Holofernes quedó prendado, sin duda, pero también ella se enamoró un poquito. Hacer el amor y matar le produce el mismo placer que a una mantis religiosa. Caravaggio primero la pintó desnuda, pero previendo la censura la vistió. Dicen que Holofernes es un autorretrato del pintor mujeriego. Y la modelo de Juditta es Fillide Melandroni, la más bella de sus amantes cortesanas en Roma. Un juego con doble sentido. O triple, ya que Caravaggio había sido condenado a muerte tras acuchillar a un tipo: quizás se pintaba decapitado para pedir compasión. Una provocación sádica y genial. Una maravillosa e irrepetible obra de arte.

     En Roma nunca resisto la tentación de mirar a Juditta, ni de acelerar mis latidos a golpe del café de San Eustacchio. No me canso de mirar la cúpula de San Pietro desde el río o las colinas, amaneciendo o anocheciendo, en verano o en invierno. Las cúpulas son el mejor complemento del cielo, el más hipnótico y elegante. Y entre todas, no conozco una tan perfecta como la obra maestra de Miguel Ángel. Puedo quedarme horas dando vueltas a su alrededor o buscándola en los puentes, las colinas y entre los pinos romanos. Al amanecer brilla verde como el mar. Si cae el sol a sus espaldas parece que incendia el cielo. Cuando se ilumina de noche es tan bella que hasta duele.

     Un día, durante un atardecer lluvioso en Roma, decidí resguardarme en el Panteón de Agripa. Dentro había un coro de niños polacos cantando como ángeles. No soy un gran entendido de música religiosa, pero aquellas vocecillas tristes y serenas me arañaron el corazón. Les escuché sobrecogido, tratando de contener las lágrimas. Cuando terminaron se puso a llover a cántaros, y las gotas se colaron por el círculo abierto a lo alto de la cúpula y enloquecieron entre turistas ansiosos por grabar aquel milagro del cielo romano.

FLORENCIA

     Un último placer italiano al que nunca me resisto. Pueden probarlo en Florencia. Es sencillo y no requiere grandes dosis de intelectualidad: basta con sentarse a leer en la loggia de la Piazza della Signoria y esperar unos instantes. Si logran apartar sus ojos del celular quizás se percaten de que, mientras ustedes reposan sentados leyendo o chateando, un chulesco Perseo arranca la cabeza a Medusa, el joven e iracundo Aquiles rapta a Polixena, David apedrea a Goliat, Hércules revienta a palos al Centauro, su alter-ego culturista le abre la cabeza a Caco y los romanos violan indiscriminadamente a las sabinas, todo ello bajo la atenta y amenazante mirada de Neptuno debajo del Palazzo della Signoria. Violencia pura y belleza máxima.

Javier Molina
Periodista

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